Irán y el Oriente Medio: entre debilitamiento estratégico, resiliencia interna y reconfiguración regional
Por Barah Mikaïl, Especialista en Geopolítica de Oriente Medio, Profesor en la Universidad Saint Louis – Campus de Madrid.
Oriente Medio ha entrado en una fase de transformación acelerada. La guerra de los doce días de junio de 2025 y la nueva escalada militar de febrero de 2026 deben interpretarse como etapas de una misma dinámica regional: la convergencia entre la estrategia israelí de degradar las capacidades iraníes y el interés estadounidense en limitar el alcance regional y nuclear de Teherán. El 7 de octubre de 2023 aceleró una estrategia deliberada de Israel orientada a debilitar las capacidades iraníes en su entorno regional y a reducir la eficacia operativa de los actores del llamado «eje de resistencia». La paradoja central es que Irán aparece simultáneamente debilitado y resiliente: ha perdido alcance estratégico regional, pero conserva instrumentos internos de supervivencia que hacen improbable un colapso inmediato.
El debilitamiento del eje regional iraní
Desde el 7 de octubre de 2023, Israel ha llevado a cabo una operación de desgaste sistemático contra los principales aliados iraníes. Empezó con el debilitamiento de Hamás en Gaza, seguido por la decapitación de la cúpula de Hezbolá en el Líbano. Estos golpes formaban parte de una estrategia coordinada para aislar a Irán de sus aliados y socios armados más importantes:
- Hamás y la Yihad Islámica en los territorios palestinos.
- Hezbolá en el Líbano.
- El régimen de Bashar al-Asad en Siria.
- Varias facciones del Hashd al-Shaabi o Fuerzas de Movilización Popular en Irak.
- Y Ansar Allah en Yemen, conocidos como los hutíes.
La caída del régimen de Bashar al-Asad en Siria respondía a una combinación de factores: el desgaste acumulado del propio régimen sirio, la presión de fuerzas opositoras internas, el debilitamiento de sus apoyos iraníes y rusos, y el papel creciente de Turquía y Qatar en la configuración de la Siria post-Asad. Para Teherán, la pérdida de Siria fue un golpe estratégico mayor: desaparecía un socio clave de su proyecto regional, y se debilitaba un corredor vital que vinculaba a Irán con el Mediterráneo Oriental a través de Irak, Siria y el Líbano, y que le permitía apoyar logísticamente al Hezbolá libanés.
Aunque los hutíes en Yemen y las milicias proiraníes en Irak continúan existiendo y actuando hoy, su peso estratégico se ha visto notablemente reducido comparado con la época en que Hamás, Hezbolá y el régimen sirio funcionaban como ejes operativos de la influencia regional iraní. Por tanto, hoy, Irán ha perdido muchas cartas fundamentales en el Oriente Medio. Esta situación parece haber dejado a Teherán en una posición significativamente más vulnerable frente a sus adversarios, particularmente Israel y Estados Unidos. Ambos interpretaron esta situación como una oportunidad histórica para alterar el equilibrio regional a su favor.
La resiliencia iraní: factores estructurales y doctrinales
La evolución del conflicto mostró los límites de una lectura lineal del debilitamiento iraní. A pesar de la presión que se ejerció sobre el país, Teherán ha demostrado una gran capacidad de resistencia y resiliencia, suficiente para impedir que la presión militar y económica acabe con un derrocamiento del régimen o su capitulación. Los factores coyunturales no son suficientes para explicar esta capacidad de resistencia: se juntan con una combinación de elementos estructurales y doctrinales que revelan la profundidad del compromiso iraní con su supervivencia como república islámica.
Más que una capacidad perfecta de anticipación, el caso iraní muestra una notable capacidad de absorción. Teherán ha cometido errores, ha sufrido penetraciones de inteligencia y ha perdido figuras importantes, pero el sistema ha sobrevivido. No solo se desconocen sus capacidades militares, sino también sus umbrales de represalia, su tolerancia al coste y su disposición a activar respuestas directas o indirectas a través de distintos teatros regionales. A nivel institucional, Teherán ha demostrado una notable capacidad para reemplazar altos cargos caídos o eliminados sin perder continuidad ideológica y operativa. Ello muestra que la resiliencia iraní no depende únicamente de liderazgos, sino de una estructura institucional y de seguridad preparada para absorber pérdidas.
Desde la perspectiva de la élite política, el conflicto actual no es una disputa geopolítica más, sino una lucha existencial del régimen y de su ideología. Cambiar esta situación requiere condiciones que van más allá de medidas militares tradicionales. Muchos iraníes, incluidos sectores abiertamente críticos con el régimen, consideran que, para provocar un cambio político significativo, hay que evitar que cualquier movimiento de transformación o iniciativa de cambio interna se asocie con la colaboración con los adversarios, Israel o Estados Unidos. Esta dinámica crea un dilema complejo, porque la presión externa que busca debilitar al régimen complica una reforma desde dentro. Eso explica, en parte, por qué el régimen iraní podría mantenerse en el poder.
Reconfiguración regional: Israel y sus límites
El conflicto actual también sirve para examinar tendencias regionales profundas y de largo plazo. En primer lugar, los objetivos israelíes van más allá de la seguridad inmediata: existe, al menos en sectores influyentes de la derecha israelí y del movimiento nacional religioso, una reactivación de imaginarios territoriales maximalistas asociados al concepto de «Gran Israel». Este proyecto contempla un Estado judío cuyo territorio efectivo se extendería significativamente más allá de las fronteras reconocidas internacionalmente. En términos prácticos, estas corrientes defienden o normalizan distintos grados de control israelí sobre Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este, los Altos del Golán y zonas «de seguridad» (las llamadas buffer zones) en territorios sirios o libaneses, especialmente en el sur del Líbano (la zona que separa el norte de Israel y el río Litani), cuyo control sería sometido a las condiciones que Israel contempla, aunque sin ser anexionadas de jure.
El desenlace de la confrontación con Irán decide también el futuro de Israel y, por extensión, de Estados Unidos como garante regional. Para Israel, la amenaza existencial más probable no proviene tanto de actores externos tradicionales, sino de dinámicas internas: la creciente polarización social, los procesos de radicalización en distintos sectores de la población, y el desafío de mantener una cohesión nacional a largo plazo frente a identidades concurrentes y narrativas históricas en el conflicto.
Con todas las cautelas puede establecerse un paralelo con la crisis de Suez de 1956: entonces, en Egipto, Francia y Gran Bretaña, dos potencias coloniales vieron deteriorado su papel imperial internacional tras un intento fallido de reafirmar su poder mediante la fuerza. Estados Unidos, en su rol actual de sostén indiscutible de Israel, también podría estar enfrentando un momento análogo. Su apoyo casi incondicional a Israel puede reforzar la capacidad de Washington para influir militarmente en la región, pero al mismo tiempo erosiona su legitimidad política ante amplios sectores del Oriente Medio y del mundo de mayoría musulmana.
Identidades comunitarias y nuevas alianzas
Estas dinámicas nos recuerdan cómo, en 2004, la administración de George W. Bush (2001-2008) promovió el llamado «Proyecto del Gran Medio Oriente». Oficialmente, el proyecto se presentaba como una agenda de reforma política, económica y educativa. Sin embargo, en buena parte de la región fue leído con sospecha al asociarse con una lógica de ingeniería política externa capaz de debilitar los Estados nacionales y favorecer formas de reorganización comunitaria, confesional o étnica. Hoy, ha reaparecido una lógica que muchos asocian con aquel proyecto: la erosión de los Estados nacionales y la reorganización de la política en torno a identidades comunitarias, confesionales o étnicas.
- En Siria se observa una tendencia hacia la reorganización territorial y política basada en lealtades comunitarias distintas (drusos, alauitas y kurdos, esencialmente).
- En Irak, aunque el país mantiene su integridad territorial formal, sigue existiendo una particularidad institucional creciente donde los kurdos destacan claramente frente al mundo árabe, mientras que, simultáneamente, muchos sunitas y chiitas siguen insistiendo en sus particularidades sectarias y culturales dentro del marco estatal.
- En el Líbano se nota un fenómeno similar, donde la sociedad, que ya cuenta con un total de 18 comunidades diferentes, muestra una creciente fragmentación entre corrientes pro-Hezbolá (predominantemente chiitas) y anti-Hezbolá, que representan los drusos, así como la mayoría de los suníes y los cristianos.
Por tanto, en varios lugares de Oriente Medio se percibe una erosión del consenso nacional tradicional y un desplazamiento hacia identidades de grupos más primarias (un fenómeno que puede leerse a través del concepto de asabiya, un término árabe entendido como espíritu de grupo o solidaridad comunitaria, especialmente visible cuando las comunidades dejan de identificarse plenamente con las estructuras estatales). Al mismo tiempo, esta fragmentación también responde a la crisis interna de los Estados poscoloniales, al autoritarismo, a la corrupción, a la militarización de las identidades y al fracaso de muchos pactos nacionales para integrar de manera equitativa a sus comunidades.
La guerra en Irán también está reconfigurando otras lógicas que pertenecen al espacio estratégico y económico mundial. A nivel estratégico, este conflicto está redefiniendo las rutas de energía, los corredores logísticos, así como las alianzas de seguridad en un entorno donde la previsibilidad está disminuyendo rápidamente. A nivel económico, las sanciones, los costos de los conflictos y las interrupciones en el comercio regional tienen efectos en cadena en los mercados globales de hidrocarburos, los productos básicos y los flujos de inversión.
Estos cambios estratégicos también se reflejan en el Golfo. La salida de Emiratos Árabes Unidos de la OPEP, efectiva a partir del 1 de mayo de 2026, y los reportes sobre el despliegue de una batería israelí Iron Dome durante la guerra con Irán, no deben interpretarse como señales de ruptura con Washington. Más bien revelan una estrategia de hedging: los Estados del Golfo, y en particular Abu Dabi, siguen considerando a Estados Unidos como su principal garante de seguridad, pero buscan reducir los riesgos de una dependencia exclusiva. La vulnerabilidad de infraestructuras críticas (energía, puertos, aeropuertos, defensa aérea, electricidad y desalinización) ha reforzado la voluntad de diversificar socios, proveedores y tecnologías. En este sentido, la cooperación con Israel, China, Rusia, India, Pakistán o Corea del Sur no sustituye el paraguas estadounidense, sino que lo complementa y obliga a Washington a seguir demostrando su utilidad estratégica.
El conflicto en torno a Irán no debería leerse como un episodio aislado, sino como la expresión más reciente y violenta de transformaciones regionales más profundas que han estado en gestación durante años. Estas transformaciones implican el debilitamiento de estructuras estatales tradicionales, así como el auge de identidades comunitarias como ejes primarios de lealtad y conflicto. En paralelo, se están probando los límites del poder externo para remodelar regiones con diseños ajenos, a la vez que continua la tensión entre la búsqueda de seguridad mediante dominio y la necesidad de reconocimiento mutuo para una paz estable.
Por lo que se refiere a Irán, el desafío inmediato consiste en navegar la fase actual de presión extrema preservando su integridad territorial y su identidad como república islámica. Ello conlleva una serie de escenarios abiertos, teniendo en cuenta que el régimen iraní no parece estar ante un colapso inmediato. No obstante, atraviesa una fase de profundo desgaste por la crisis económica, una erosión de legitimidad, presiones internacionales fuertes, así como un malestar social y una incertidumbre sobre la sucesión política.
Irán ante el futuro: cuatro escenarios internos
El programa nuclear iraní es una variable transversal en cualquier escenario. Para Teherán puede funcionar como instrumento de disuasión, carta negociadora y símbolo de soberanía. Para Israel y Estados Unidos representa el límite que no están dispuestos a cruzar. Por ello, el expediente nuclear puede acelerar tanto una negociación limitada como una nueva escalada militar.
Partiendo de la variable nuclear, y teniendo en cuenta la interacción entre presión externa, cohesión interna del aparato coercitivo y malestar social, pueden imaginarse cuatro escenarios internos que no son excluyentes, sino complementarios. La continuidad autoritaria puede combinarse con una sucesión securitizada; el pragmatismo puede funcionar como táctica de supervivencia dentro de un sistema más represivo; y los escenarios de ruptura solo serían plausibles si se produce una fractura simultánea entre sociedad, economía, élites y aparato coercitivo.
- Continuidad autoritaria y sucesión securitizada: El escenario más probable sería una combinación de continuidad autoritaria y sucesión securitizada. En esta hipótesis, el régimen preservaría sus instituciones centrales (el Líder Supremo, el Consejo de Guardianes, el poder judicial, los servicios de inteligencia y la Guardia Revolucionaria), mientras el poder ejecutivo civil seguiría subordinado a los centros reales de decisión. La cuestión sucesoria no alteraría esta lógica; al contrario, podría reforzarla si el relevo del Líder Supremo se produce bajo la tutela de la Guardia Revolucionaria y de los órganos de seguridad. El punto decisivo no sería únicamente la identidad del nuevo Líder Supremo, sino el equilibrio de poder que emerja entre el clero, la Guardia Revolucionaria, los servicios de inteligencia y las instituciones civiles. La supervivencia del régimen se basaría en un control social caracterizado por la represión, la censura y la vigilancia digital. Este escenario es plausible, porque el sistema ha demostrado capacidad para sofocar protestas internas. Sin embargo, deja abiertos los problemas estructurales de Irán: corrupción, inflación, sanciones, crisis hídrica, desigualdad y desconexión entre el poder y una sociedad en plena renovación generacional.
- Adaptación pragmática del autoritarismo: En un segundo escenario encontraríamos una adaptación pragmática del autoritarismo. En este contexto, el régimen no se democratizaría ni renunciaría a sus principales instrumentos de control, pero intentaría reducir tensiones mediante concesiones limitadas: reactivación de negociaciones nucleares, alivio parcial de sanciones, cierta flexibilización social o reformas económicas puntuales. Sin embargo, este escenario tendría una limitación: encontraría fuertes resistencias internas, especialmente de parte de los sectores que se benefician de la economía sancionada y del control político. Por ello, su viabilidad dependería de que las élites perciban que la rigidez absoluta que siguen adoptando amenaza la supervivencia del régimen.
- Crisis revolucionaria: En un tercer escenario, posible pero condicionado, podríamos asistir a una crisis revolucionaria. Para que se produzca un cambio de régimen, las protestas masivas no serían suficientes. Haría falta una combinación de movilización popular sostenida –incluso con huelgas–, división en las élites, pérdida de cohesión o eficacia del aparato represivo, así como fracturas dentro del aparato coercitivo. Pero mientras la Guardia Revolucionaria, las milicias Basij (fuerza de seguridad interna) y los servicios de seguridad permanezcan cohesionados, el régimen iraní conservará una alta capacidad de supervivencia. Además, en un contexto de fragmentación de la oposición al régimen iraní, resulta difícil que la oposición se convierta en un contrapoder capaz de debilitar al aparato estatal o provocar fisuras decisivas en su núcleo. Así que, en este escenario, el punto de inflexión no sería solo la protesta popular, sino la posible convergencia entre movilización urbana, huelgas en sectores estratégicos, crisis fiscal del Estado y pérdida de confianza dentro de segmentos del aparato administrativo o coercitivo.
- Fragmentación del Estado: Un cuarto escenario, de baja probabilidad pero alto impacto, sería la fragmentación del Estado. Aunque Irán posee una tradición estatal más robusta que varios Estados de la región afectados por guerras civiles recientes, no puede descartarse un escenario de debilitamiento grave del centro si coincidieran una crisis sucesoria, colapso económico, presión militar externa, protestas intensas y lucha entre facciones. El elemento decisivo sería la incapacidad del poder central para mantener simultáneamente la cohesión territorial, el mando coercitivo y la distribución mínima de recursos. Esta situación abriría una fase de inestabilidad prolongada, sin garantizar necesariamente una transición democrática. Sus efectos serían especialmente sensibles para Irak, Turquía, el Golfo, el Cáucaso y los mercados energéticos.
Conclusiones
El escenario más probable a corto plazo es una combinación de continuidad autoritaria y sucesión securitizada. Es decir, el régimen iraní intentaría sobrevivir mediante el endurecimiento del sistema antes que mediante una reforma sustantiva, aunque sin excluir concesiones tácticas destinadas a reducir la presión interna o externa. Es muy probable que conserve sus instituciones formales, pero con un peso creciente de la Guardia Revolucionaria y de los órganos de seguridad. Eso significa que la república islámica podría volverse menos clerical en la práctica, pero mucho más militarizada en su funcionamiento cotidiano. Y mantendría los fundamentos de su política exterior, basada en una combinación de legitimidad revolucionaria, antiimperialismo, disuasión militar y reconstrucción progresiva de sus capacidades regionales.
El régimen iraní está viviendo una fase de agotamiento histórico, pero no de colapso inmediato. La principal fortaleza del poder sigue siendo la cohesión del aparato coercitivo, que ha sobrevivido a golpes y ataques muy duros. Su mayor debilidad reside en la erosión de su legitimidad social, especialmente entre jóvenes, mujeres urbanas, sectores profesionales y grupos afectados por la crisis económica. Sin embargo, su capacidad para resistir la presión estadounidense e israelí también puede reforzar, entre ciertos sectores de la sociedad iraní y de la opinión pública regional, la imagen de un régimen capaz de sobrevivir a una confrontación directa. Significa que, a corto y medio plazo, el régimen iraní podría cambiar las figuras oficiales del poder, pero no el núcleo del poder.
Los esfuerzos de mediación atribuidos a Pakistán parecen partir de esta dirección: por su proximidad geográfica con Irán, sus vínculos con China, sus canales con Washington y su sensibilidad ante cualquier desestabilización regional, Islamabad puede ver más viable contener la violencia que apostar por un cambio de régimen.
Finalmente, pueden imaginarse tres trayectorias en la relación entre Irán, Israel y Estados Unidos:
- La primera sería una negociación limitada, centrada en contener la escalada, restaurar canales diplomáticos y establecer restricciones parciales al programa nuclear iraní a cambio de alivios graduales de sanciones.
- La segunda sería una guerra de desgaste, marcada por ataques selectivos israelíes o estadounidenses, respuestas iraníes calibradas y activación intermitente de aliados en Irak, Yemen o el Líbano.
- La tercera, más peligrosa, sería una escalada regional aún mayor que afectara al Golfo, al estrecho de Ormuz, a las infraestructuras energéticas y a la seguridad de los países vecinos.
Estas trayectorias no son excluyentes: una negociación limitada puede desarrollarse en paralelo a una guerra de desgaste, y esa combinación podría definir precisamente la fase más probable del conflicto. En ninguno de estos escenarios parece probable un cambio inmediato del régimen iraní. Por tanto, la cuestión central no es si Irán ha sido debilitado, sino si sus adversarios pueden convertir ese debilitamiento en un orden regional más estable. La cuestión nuclear seguirá siendo el punto de intersección entre los escenarios internos y las trayectorias externas: puede servir al régimen como instrumento de cohesión y disuasión, pero también como detonante de nuevas escaladas.