Retos políticos, económicos y de seguridad de África: la Cumbre de la Unión Africana

Feb 26, 2026 | Actualidad GATE, Publicaciones |

Matías Mongan, periodista y colaborador del Gate Center

Bajo el lema “Garantizar el acceso sostenible al agua y a sistemas sanitarios seguros”, se realizó, el 14 y 15 de febrero, en Addis Abeba, capital de Etiopía, la 39ª Cumbre de la Unión Africana (UA). En el encuentro asumió la presidencia pro tempore para el año 2026 el presidente de Burundi, Évariste Ndayishimiye, y como invitados especiales se contó con la presencia de la primera ministra de Italia, Georgia Meloni; el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres; el secretario general de la Liga Árabe, Aboul Gheit; y el presidente de Palestina, Mahmoud Abbas.

La UA y los retos económicos

La Unión Africana llegaba a su asamblea anual consciente de la necesidad de profundizar el proceso de integración africano, más aún teniendo en cuenta un contexto internacional caótico en el que se profundiza la disputa por esferas de influencia entre las potencias. Este escenario amenaza con reducir el margen de acción internacional de los países africanos y con restringir el flujo de inversión externa que necesitan para promover las políticas de desarrollo contempladas en la denominada Agenda 2063 de la Unión Africana. Una muestra en este sentido es que actualmente el comercio intrarregional africano solo representa el 15 % de las exportaciones totales del continente —una cifra similar a la de América Latina— y está compuesto principalmente por productos manufacturados y servicios. Un mayor volumen interregional de comercio se ve limitado por una gama similar de exportaciones de escaso valor agregado y por un déficit de inversiones de 100.000 millones de dólares anuales que “impide a la mayoría de las pequeñas y medianas empresas africanas participar en las cadenas de valor regionales” (Afreximbank, 2025:12).

En su discurso de apertura, que resumió los logros de la presidencia pro tempore de Angola, el presidente João Lourenço destacó la realización de la Tercera Cumbre sobre Financiación de Infraestructuras en octubre de 2025 y el Foro Empresarial Estados Unidos-África en junio pasado. El encuentro generó compromisos de inversión en África por un valor de 2.500 millones de dólares (Departamento de Estado, 2025), que serán invertidos en sectores como salud, infraestructura eléctrica y turismo, entre otros.

El presidente remarcó que a finales de 2026 se celebrará en Angola la primera Cumbre Global de Inversión en África. En la misma línea, el presidente del Banco Africano de Desarrollo, Sidi Ould Tah, anunció la Nueva Arquitectura Financiera Africana (NAFA), cuyo objetivo será reforzar la soberanía financiera y abordar el persistente déficit de financiación del desarrollo (BAfD, 2026). A pesar de que la creciente capacidad de agencia (Delgado-Caicedo y Ziebell de Oliveira, 2025) de los países africanos puede ser considerada como positiva, el desafío será evitar superposiciones en estos foros y una dispersión de los flujos de inversión para que incidan positivamente en las economías del continente.

Aparte del desafío de conseguir financiación para crear industrias propias, las naciones africanas también afrontan un elevado nivel de endeudamiento que reduce la capacidad de los Estados para impulsar políticas de desarrollo. Según estadísticas del Banco Africano de Desarrollo, en 2024 los países de la región desembolsaron un total de 163.000 millones de dólares en concepto de costos del servicio de la deuda, casi tres veces más en comparación con los 61.000 millones de dólares que abonaron en 2010 (BAfD, 2024).

Ante esta situación, la UA ha logrado construir un discurso diplomático homogéneo para insistir en temas como la reforma del sistema financiero internacional o la reducción de los costos de la deuda. No obstante, aún persisten divergencias que limitan su capacidad de negociación. Un ejemplo lo ofrece la reunión de ministros de Relaciones Exteriores de los BRICS, celebrada el 28 y 29 de abril de 2025, cuando Egipto y Etiopía rechazaron respaldar la candidatura de Sudáfrica al Consejo de Seguridad, lo que impidió una declaración conjunta (Mongan, 2025). Si las naciones africanas aspiran a ampliar su margen de autonomía, es imprescindible que exista un entendimiento mínimo entre los principales Estados, ya que la capacidad de inserción internacional del continente es mayor si actúan como bloque en vez de hacerlo individualmente.

El riesgo de legitimar los golpes de Estado

Un reto político de la UA es evitar la irrupción de golpes de Estado que en estos últimos años han venido intensificándose en el continente. La temática tuvo un importante protagonismo en la Cumbre, a tal punto que el presidente de Angola propuso convocar a una sesión extraordinaria para analizar respuestas a las amenazas a la paz y la seguridad.

Desde 2020 se han registrado 11 revueltas militares en 9 países africanos, una lista encabezada por Malí y Burkina Faso con dos golpes de Estado en cada país. Después de acceder al poder por la fuerza, los militares suelen asumir el control del gobierno por un período transitorio para luego convocar elecciones en las que triunfan ampliamente. Esto ocurrió, por ejemplo, en Gabón, donde el líder de la junta militar, Brice Oligui Nguema, ganó con un 90 % de los votos las elecciones presidenciales del 13 de abril de 2025 y se convirtió en el nuevo mandatario tras derrocar a Ali Bongo en agosto de 2023 (cuya familia controlaba los destinos del país desde 1967). En su momento, Gabón fue suspendido de la UA, pero la sanción fue levantada tras el triunfo de Nguema. Una dinámica similar ocurrió con Guinea, que en septiembre de 2021 fue suspendida del organismo debido al golpe de Estado que derrocó al presidente Alpha Condé. Pero en enero de 2026 su membresía fue restablecida tras el contundente triunfo electoral de Mamady Doumbouya, quien había encabezado el levantamiento militar.

Actualmente, 8 países siguen suspendidos de la UA debido a los cambios de gobierno inconstitucionales (Tenkoramaa Domena, 2025). En su discurso, João Lourenço (2026) instó a rechazar esta nueva forma de acceder al poder, al considerar que de manera indirecta fomenta los golpes de Estado: “Esta es una forma de blanquear un acto carente de legitimidad, que desgraciadamente empieza a considerarse normal y, por tanto, aceptable, cuando en realidad amenaza los fundamentos de nuestros principios y la paz y la seguridad del continente”.

Más allá de los argumentos que se utilicen para justificar los golpes de Estado en un continente donde la corrupción parece ser endémica, esta dinámica conspira contra el potencial del proceso de integración y aleja a la UA del difícil objetivo de “silenciar las armas en África”, que constituye uno de los programas bandera de la Agenda 2063. Esta última es una plataforma que promueve políticas de integración en el plano económico, educacional, industrial, migratorio y digital, e incluso en materia de infraestructura, donde sobresale el ambicioso proyecto de construir una red integrada de trenes de alta velocidad que conecte las capitales africanas y facilite la circulación de bienes, servicios y personas (UA, 2015).

Al ser África una parte fundamental del Sur Global, los países de la región paulatinamente han visto incrementada su capacidad de inserción internacional y han trasladado sus reclamos a las organizaciones internacionales para influir en su proceso decisorio. Sin embargo, como se vio en el caso de los BRICS, las desavenencias entre potencias africanas conspiran contra la eficacia de esta política exterior “institucionalista”.

Por tanto, el proceso de integración africano enfrenta una serie de retos, sobre todo en el plano democrático, pero también en el económico y el de la seguridad (ya que el terrorismo sigue siendo un problema importante en el continente). La Unión Africana debería abordar estos retos que obstaculizan la integración económica en el marco del Área de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA).

Para alcanzar este objetivo, los países africanos necesitarán encontrar un socio externo válido que les facilite el acceso a la infraestructura necesaria que, en el caso de la seguridad, ellos mismos no poseen. Históricamente han sido la Unión Europea y Estados Unidos quienes asumieron esta función, aunque el gobierno de Donald Trump recientemente exhortó a los países de la región a que asuman los costos de su propia seguridad, siguiendo una lógica de “reparto de la carga” (Mahachi, Fröhlich y Kaledzi, 2025). Este giro político de EE. UU. amenaza con profundizar los problemas de seguridad en África.

 

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