El G-20 en Río de Janeiro: una exitosa Cumbre del Sur Global
Autora: Susanne Gratius, Coordinadora Académica del Gate Center y Profesora Titular de Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM)
En estos tiempos convulsos, las recientes Cumbres de Futuro de Naciones Unidas, del Clima y del G-20 en Brasil arrojaron algo de luz a un oscuro escenario internacional: retomaron los grandes compromisos liberales y reactivaron la casi olvidada gobernanza global o multilateral. En el caso de la Cumbre del G-20, el impulso no vino del Norte, sino desde los países no Occidentales que constituyen una clara mayoría en el Grupo de los Veinte (ver tabla 1).
Tabla 1: Miembros del G-20 (21)
| Norte (9) | Sur Global (12) | Invitados (4) |
| Europa: Alemania, Francia, Italia, Reino Unido, UE Otros: Australia, Canadá, Estados Unidos, Japón | AL: Argentina, Brasil, México Asia: China*, Corea del Sur, India, Indonesia, Rusia, Turquía* África: Arabia Saudí, Sudáfrica, Unión Africana | ASEAN, Banco Mundial, España, Naciones Unidas |
* autodefinición: En su discurso en la Cumbre del G-20, el Presidente chino, Xi Jinping, destacó que “China ha sido siempre un miembro del Sur Global”.
En la Cumbre del 18 y 19 de noviembre de 2024, Brasil ejerció no solo de anfitrión sino de agenda setter. La cita de líderes de Río de Janeiro -lugar simbólico como sede de la segunda Cumbre para la Tierra en 1992- reflejó el protagonismo de países emergentes y de nuevas potencias como Brasil, China, Indonesia o la India. Más visible que en Cumbres anteriores del G-20, Río de Janeiro estuvo marcada por los intereses del Sur Global.
En vez de priorizar los clásicos temas financieros que dominan la agenda del exclusivo club del Foro Económico Mundial de Davos, la declaración final de la Cumbre del G-20 se lee como una lista de buenas intenciones de Naciones Unidas, con un claro enfoque en la desigualdad, el desarrollo sostenible y las instituciones de gobernanza global – incluyendo la redistribución de cuotas en el Fondo Monetario Internacional -, conforme a las tres prioridades de la presidencia pro tempore de Brasil.
El lema un tanto idealista “crear un mundo justo y un planeta sostenible” coincidió con los objetivos nacionales e internacionales del tercer gobierno de Lula da Silva que logró -contra todo pronóstico- crear un consenso entre todos los miembros que conforman el G-20, incluyendo el compromiso de una solución de dos estados en el conflicto de Gaza e incluso una mención de la guerra en Ucrania mediante iniciativas que conduzcan a una “paz duradera”.
Otro punto relevante fue la igualdad entre hombre y mujer, también firmado por países poco proclives a cumplirla, como Arabia Saudí. Una importante iniciativa propuesta por Lula y apoyada por el G-20 fue la Alianza Global contra el Hambre y la Pobreza a la que se sumaron un total de 82 países y que da continuidad a los tres mandatos del Presidente brasileño, muy comprometidos con la Agenda 2030 y el desarrollo sostenible.
La idea de imponer un impuesto global del 2% sobre el patrimonio de las grandes fortunas e invertir más en proyectos de desarrollo fue apoyado por varios líderes, entre otros por el invitado Presidente de gobierno, Pedro Sánchez. Sin embargo, la iniciativa, que se basa en las recomendaciones del economista Thomas Piketty y fue defendida por Lula da Silva, no entró en la declaración final del G-20 y volvió a ser rechazada, igual que en otras Cumbres anteriores.
Hacia 2026: Fin del ciclo de los emergentes
Ante la inercia de Naciones Unidas y su estancada reforma del Consejo de Seguridad, foros informales como el G-20 han sustituido parte de su agenda. Los 85 puntos de la declaración final de Río señalan la transición del grupo de temas económico-financieros hacia una agenda mucho más amplia y proclive a los problemas de desarrollo, que ya incluye prácticamente todos los temas internacionales.
Aunque este enfoque integral es loable, también diluye las funciones del grupo, inicialmente más comprometido con la estabilidad económica y financiera que con el desarrollo sostenible, la desigualdad o las reformas de las instituciones globales que eran temas que correspondían a Naciones Unidas. Aunque sea más fácil adoptar compromisos entre 20 o 21 miembros, no hay que olvidar los 172 países que no están representados en el G-20, incluyendo España, que participa como país invitado.
Gracias a la capacidad organizativa y negociadora del Gobierno de Brasil, la Cumbre de Río de Janeiro ha sido un éxito y terminó con una declaración final que, pese a sus reticencias, fue firmada hasta por el ultraliberal Presidente argentino, Javier Milei. En un escenario internacional tenso o en un mundo a la deriva, cada vez más alejado de los viejos compromisos liberales globales y del multilateralismo, generar consensos entre países sumamente diversos en cuanto a sus regímenes políticos, creencias, bases materiales y valores, es de por sí un gran logro atribuible al liderazgo carismático de Lula da Silva.
Brasil heredó la presidencia del G-20 de la India y la entrega a Sudáfrica que continuará con la agenda del Sur Global hasta 2026, cuando cambia el ciclo de países emergentes y le corresponde a Estados Unidos, ya bajo la Administración Trump, organizar la Cumbre del G-20, seguramente con prioridades bien diferentes a las del Sur Global y con una capacidad muy inferior de generar consensos en torno a compromisos liberales que Donald Trump ha rechazado en muchas ocasiones.
Ante el cambio de ciclo de las presidencias del G-20, solo queda un año por delante para profundizar y ampliar los compromisos creados primero en Indonesia, luego en la India, Brasil y después en Sudáfrica, desde una perspectiva del Sur Global cuyo objetivo central debería ser crear una arquitectura internacional global más justa que refleje el mundo actual. Queda poco tiempo para lograr una mayor representación de los países del Sur en todos los foros internacionales como única receta para volver a legitimar un multilateralismo en desuso o en crisis existencial.