La América de Trump: la “nación prescindible”
Alana Moceri, profesora de Relaciones Internacionales en el IE University
El 30 de abril de 2025 marcó los primeros cien días de la segunda administración del Presidente Trump. Hasta aquellos que tomaron en serio sus palabras durante la campaña se han quedado atónitos ante el ritmo frenético de órdenes ejecutivas que —desde la imposición y eliminación de aranceles, hasta amenazas a la soberanía de Ucrania o la idea de convertir Gaza en un centro turístico— han desestabilizado a EE. UU. y al mundo, especialmente en el comercio y la seguridad.
Los académicos de Ciencia Política o Relaciones Internacionales reflexionan sobre la doctrina de política exterior de cada presidente de EE. UU., es decir que analizan su visión sobre cómo ejercer el poder. Aunque la Presidencia de Trump pueda parecer un mero caos, cabe recordar que durante la campaña electoral no escondió su personalidad, su hambre de poder ni cómo pensaba llevar a cabo su segunda administración. Sin embargo, en su afán de poder que le permite hacer lo que quiere y castigar a quienes no están de acuerdo con él, también convierte a EE. UU. en un país prescindible y con menos poder en el mundo.
Excepto en el caso del Proyecto 2025, Trump está cumpliendo sus promesas
El caso del Proyecto 2025 indica que el Presidente Trump miente sin pudor. Juró que “no tenía nada que ver” con esta iniciativa que consiste en un plan de políticas conservadoras de 900 páginas producido por la Fundación Heritage durante la campaña electoral. Durante la campaña electoral negó su relación con este proyecto, porque los Demócratas criticaron sus propuestas radicales que tampoco eran populares entre los votantes.
Sin embargo, cuando se trata de sus planes políticos suele cumplir con su palabra. Así, está ejecutando los aranceles recíprocos y el desacoplamiento de China, con un enfoque de defensa centrado en la lucha por el poder con su rival, un alejamiento de Europa y de la OTAN y el fin de su apoyo condicionado a Ucrania. Trump fue transparente sobre cómo veía y quería ejercer el poder durante su segundo mandato. Hasta dijo que sería un “dictador desde el primer día”, se jactó de imponer aranceles exorbitantes, prometió acabar con los conflictos en Ucrania y Gaza en un día sin explicar cómo, mientras incitaba al racismo, el sexismo y a la violencia.
A pesar de estas señales de alerta y el empate entre Republicanos y Demócratas en las encuestas electorales, el 5 de noviembre de 2024, los votantes de EE.UU. dieron una clara victoria a Donald Trump. Sus seguidores más radicales no solo le creyeron, sino que también apoyan lo que estaba proponiendo, pero no eran suficientes como para hacerlo ganar. Necesitó los votos de Republicanos moderados e independientes para devolverlo a la Casa Blanca. Es justo este grupo de personas que no creía del todo en el proyecto Trump que está sorprendido por el rumbo radical que toma su presidencia y que lo rechaza.
Lo confirma una encuesta del New York Times/Siena College publicada el 25 de abril de 2025 (https://www.nytimes.com/2025/04/25/us/politics/trump-poll-approval.html) que sitúa su índice de aprobación en un 42 %, el más bajo de cualquier otro presidente a los primeros cien días de gobierno, con una sola excepción: su propio primer mandato (2017-2021). La encuesta sugiere que sus votantes más fieles le siguen y le conceden el beneficio de la duda a pesar del caos que su política ha provocado en los mercados nacionales e internacionales. Este grupo de leales siguen apoyando a su presidente a pesar de que apenas se haya producido un alivio en la tasa de inflación, que fue una de sus grandes promesas de su campaña electoral. Muchos de los seguidores más fervientes de Trump son personas que sufrieron la caída de la industria manufacturera y la consecuente pérdida de los empleos estatales que ofrecía. De hecho, ni los Demócratas ni los Republicanos han logrado abordar los problemas de estos votantes enojados y, con razón, porque creen que el sistema no funcionaba para ellos. Es por ello que estos votantes seguidores de Trump están de acuerdo en hacer estallar el sistema que no les sirvió, como propone su Presidente.
Sin embargo, los Republicanos moderados e independientes, que eran claves para su elección, están comenzando a arrepentirse, ya que un 54% de los votantes, según la encuesta del New York Times, desaprueba el desempeño de Trump en sus primeros cien días de gobierno. Es un dato significativo, porque la mayoría de los presidentes de EE.UU. viven sus primeros tres meses de gobierno como una “luna de miel” con tasas más altas de aprobación por parte de los votantes. Ello plantea la cuestión de por qué estos votantes creyeron que el ladrido de Trump era peor que su mordida, es decir, que el Presidente iba a ser más moderado que sus promesas electorales.
Un Trump II sin contrapesos
Gran parte de las promesas de su primera victoria electoral en 2016 no se concretó. Sin embargo, una importante diferencia entre entonces y ahora es que ninguno de los Republicanos que frenaron los peores impulsos de Trump en su primera administración -como el secretario de Defensa James Mattis, el asesor de Seguridad Nacional H.R. McMaster o el jefe de Gabinete de la Casa Blanca John Kelly- está presente esta vez. Trump II está rodeado de subordinados y subordinadas que ejecutan sus órdenes sin cuestionarlas.
Lo mismo ocurre con el Congreso controlado por los Republicanos. Durante su primer mandato, Trump tuvo que enfrentarse, en ocasiones, a la disidencia republicana de senadores como John McCain, Jeff Flake o Susan Collins. Por ejemplo, el senador Mitt Romney fue el único republicano que votó a favor de condenar a Trump en su primer juicio político. De ese grupo, la única persona que permanece en el Senado es Susan Collins. En la Cámara de Representantes, la oposición destacada vino de Justin Amash, Adam Kinzinger, Liz Cheney y John Katko. Ninguno de ellos sigue en la Cámara. Solo queda alguna que otra queja ocasional de parte de Chip Roy y Thomas Massie.
De hecho, su equipo, así como los autores del Proyecto 2025 cercanos a Trump, apoyan una interpretación del derecho constitucional llamada “teoría del ejecutivo unitario” que otorga al presidente el control total sobre el poder ejecutivo. Es decir que, si el presidente decide algo, es legal. Esta idea existe desde la fundación de Estados Unidos y proviene del artículo II, sección 1 de la Constitución, que establece: “El Poder Ejecutivo se depositará en un Presidente de los Estados Unidos de América”. Los opositores argumentan que la teoría del ejecutivo unitario socava el sistema de frenos y contrapesos (checks and balances) que los autores de la Constitución incorporaron en su momento al sistema político de EE.UU. Trump ha provocado una crisis constitucional, porque otorgar al Ejecutivo un poder tan amplio fomenta los abusos de poder. El ejemplo más flagrante fue su negativa a repatriar a Kilmar Abrego García desde El Salvador a Estados Unidos, ignorando la orden de la Corte Suprema.
El origen de esta crisis fue la ampliación de la inmunidad presidencial que concedió la Corte Suprema en julio de 2024 a Donald Trump, que incluye inmunidad absoluta para actos constitucionales fundamentales y una presunción de inmunidad para actos oficiales que no caen dentro de los poderes constitucionales fundamentales. Solo conductas privadas están excluidas de la inmunidad.
Según la encuesta del New York Times y el Siena College, “los votantes creen que el presidente Trump está excediéndose con su estrategia agresiva por expandir el poder ejecutivo, y tienen serias dudas sobre algunas de las piezas clave de su agenda”. El 66% de los encuestados describió el segundo mandato de Trump como “caótico”, el 59 % lo considera “aterrador” y el 42% lo califica de “emocionante”. La opinión pública también ha empeorado respecto a la política económica de Trump, lo cual es significativo, porque la economía y la inmigración eran los dos pilares de su campaña electoral. Además, la encuesta mostraba que el 64 % de los votantes recordaba positivamente la economía bajo su primer mandato, mientras que ahora, solo el 43% lo hace.
La opinión pública negativa puede funcionar como un control importante del poder presidencial. Aunque no tenga vergüenza, Trump quiere ser querido y popular. Además, la opinión pública influye indirectamente en otros frenos al poder: los Republicanos en el Congreso son menos propensos a seguir ciegamente a un Trump impopular. Esto da esperanzas a los Demócratas de recuperar una o ambas cámaras en las elecciones legislativas (mid-term elections) de 2026. Sin duda, una victoria electoral de los Demócratas sería un importante contrapeso durante la segunda mitad de su Administración y lo convertiría en un presidente débil o un “pato cojo”.
Trump y el poder
Donald Trump, supuesto autor del libro El arte de la negociación, no aporta ni arte ni matiz a la mesa de negociaciones. En su lugar, todo gira alrededor de una demostración de fuerza, algo que él llamaría “apalancamiento”, mientras lanza amenazas como aranceles altísimos, incluso antes de que comiencen las conversaciones preeminentemente bilaterales. Disfruta humillando a los demás, como ocurrió en su conversación con Volodimir Zelenski en la Casa Blanca en enero de 2025 y muestra un desprecio absoluto por las normas y las leyes.
El estilo de Trump suele describirse como transaccional, pero “punitivo” sería una palabra más precisa. Una y otra vez hemos visto su jugada: anunciar un castigo ejemplar que solo puede levantarse si se accede a sus exigencias. Los aranceles son su forma favorita de castigar a los países que no le gustan o de presionarlos para obtener un “mejor trato”.
Trump cree que los países que venden más a Estados Unidos de lo que su país exporta están, de algún modo, haciendo trampa. Ha mantenido esta visión mercantilista del comercio durante décadas, a pesar de ser completamente opuesta a la doctrina tradicional del Partido Republicano, que aboga por más comercio, menores aranceles y mercados abiertos. Cabe recordar que la última vez que EE. UU. tuvo un superávit comercial fue en 1975. Desde entonces, ha sido una economía de consumo que compra bienes más baratos producidos en el extranjero.
Hasta ahora, el gobierno Trump solo ha utilizado los aranceles como herramienta para llevar a otros países a la mesa de negociaciones. Recientemente, supimos cuál es su umbral de dolor. El 2 de abril de 2025 fue el “Día de la Liberación” cuando anunció una lista masiva de aranceles torpes que parecían escritos por inteligencia artificial. Una semana después, el 9 de abril, anunció una pausa de noventa días, porque los ciudadanos y los mercados estaban “nerviosos”. Todo lo que consiguió con ese gran anuncio fue una economía tambaleante y votantes enfurecidos que vieron disminuir el valor de sus fondos de jubilación.
Junto con su creencia de que los déficits comerciales son malos, Trump parece pensar que puede retroceder en el tiempo y convertir a EE.UU. nuevamente en una economía manufacturera. Un video viral de estadounidenses con sobrepeso realizando tareas tediosas -que normalmente realizan trabajadores no nacionales— se ha usado en redes sociales para burlarse de esta idea. Ni siquiera los hombres blancos de clase trabajadora que votaron por Trump parecen estar de acuerdo con esta política errática.
No obstante, la teoría de Trump consiste en que los aranceles, junto con un dólar débil, traerían de vuelta los empleos manufactureros a EE.UU. Esta visión ignora que la mayor parte de la pérdida de empleos se ha debido a la tecnología. Al mismo tiempo, EE.UU. sigue careciendo de ingenieros y, en lugar de encontrar formas de atraer más estudiantes a las escuelas de ingeniería, el gobierno Trump está atacando a las universidades y a sus programas de investigación, como ocurrió con la prestigiosa Universidad de Harvard.
En la medida en la que el Presidente demuestra que EE.UU. es un socio poco confiable en materia de seguridad y comercio, los aliados empiezan a diversificar sus relaciones exteriores para mantener sus economías estables. Incluso si los Demócratas lograran recuperar la Cámara o incluso el Senado en 2026 y debilitar el control de Trump sobre la política exterior, no hay ninguna garantía de que los aliados vuelvan a confiar en EE.UU. como lo hicieron después de la Presidencia de Bush con Barack Obama o después del primer mandato de Trump con Joe Biden.
Desde Eisenhower, todos los presidentes han instado a Europa a aumentar su gasto en defensa para depender menos de EE.UU. Trump solamente ha sido mucho más beligerante al respecto, En este segundo mandato, con la guerra en Ucrania en la frontera de la UE, los Estados miembros de la Unión Europea (UE) finalmente se están tomando en serio su seguridad y defensa. Fortalecer la política de seguridad y defensa propia es positivo para Europa y ayuda a reducir el papel de EE.UU. como “el policía del mundo”. En teoría, una autonomía estratégica europea podría ahorrar dinero a los contribuyentes estadounidenses al reducir el presupuesto de defensa. Sin embargo, Trump quiere lo contrario: aumentar los gastos militares.
Mientras tanto, el poder duro de EE.UU., tanto económico como militar, está disminuyendo. Económicamente, porque los tradicionales socios comerciales de EE.UU. buscarán alternativas. Militarmente, porque la UE ya es una potencia económica mundial y, con más poder militar, tendrá mucho más peso en términos de poder duro, haciendo EE.UU. menos necesario como garante de seguridad europea.
El diezmado poder blando de EE. UU.
En la medida en que Donald Trump fortalece el poder duro de Estados Unidos, también está destruyendo cualquier resquicio de poder blando que pudiera quedar. A Trump no le importa ni entiende el poder blando, es decir, el poder de atracción. Para él, todo se reduce a ejercer presión y a la cuestión de qué recursos o amenazas puede utilizar para forzar al otro actor a someterse a su poder. No importa si se trata de personas que alguna vez le fueron leales (por ejemplo, su anterior Vicepresidente Mike Pence) o de aliados de toda la vida como la Unión Europea. Parece que, más que lograr algo concreto, Trump busca el espectáculo, la demostración de fuerza y el ejercer el poder duro.
Los turistas extranjeros están evitando EE. UU. y, de cara al próximo otoño, los estudiantes están optando por no elegir a universidades estadounidenses, no solo porque no puedan obtener una visa por la política migratoria tan restrictiva de Trump. La reducción del turismo y del intercambio académico tendrá efectos duraderos en la imagen y el prestigio global de Estados Unidos. En este sentido, es un dato significativo que en Canadá -el segundo socio comercial de EE. UU.- ganó, contra todo pronóstico, el liberal Mark Carney con su plataforma anti-Trump.
A medida que avanza, la legislatura del Presidente de EE. UU. podría encontrar más capacidad para resolver los problemas internos del país, pero también descubrirá que tiene menos influencia y atractivo para lograr sus objetivos a nivel global. Ser menos dependiente de un EE. UU. inestable, tanto en lo económico como en lo defensivo puede parecer positivo para Europa y el mundo, pero también tendrá costos, sobre todo cuando implique una mayor interdependencia con socios no liberales como China. Muchos países, especialmente en Asia, África y América Latina, están ampliando el comercio y buscando inversión de China. Cada vez más también están comprando equipamiento militar a China, y se observa una creciente cooperación en defensa entre los países de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR).
Cabe recordar que, en su momento, Madeleine Albright calificó a EE.UU. como la “nación indispensable”. Parece que durante Trump II ocurre todo lo contrario: a pesar de su hambre de poder y su deseo de un Estados Unidos fuerte, sus acciones hacen que el país sea cada vez más prescindible para el mundo y, por tanto, menos poderoso.