Tres perspectivas sobre la presencia China en América Latina

Feb 27, 2025 | Opinión GATE, Publicaciones |

Juan Andrés Gascón Maldonado, investigador predoctoral FPU en la Universidad Autónoma de Madrid e investigador visitante en FLACSO Argentina.

En poco más de dos décadas, las relaciones entre China y América Latina han experimentado una transformación significativa, marcadas por un creciente intercambio comercial, inversiones estratégicas y una presencia diplomática y cultural en expansión. Este vínculo ha generado diversas interpretaciones dentro del ámbito académico y político, que oscilan entre la visión de una China como actor fundamental positivo para la región, una visión que le otorga un rol más negativo al asimilarlo a experiencia de injerencia pasadas o, una lectura más moderada que ve en China un agente de cambio que debe estar en constante revisión.

En este contexto, planteo tres enfoques conceptuales que agrupan un gran cúmulo de las opiniones en el estudio de la relación sino-iberoamericana desde América Latina: sino-optimismo, sino-pesimismo y sino-escepticismo. Estas categorías permiten comprender cómo distintos actores de la región —gobiernos, académicos y sectores productivos— interpretan la inserción china en Iberoamérica, influyendo en la formulación de políticas exteriores y estrategias de cooperación.

Desde un enfoque cualitativo de análisis de discursos políticos, documentos estratégicos y estudios académicos es posible desentrañar las narrativas predominantes sobre China en América Latina. A través de esta lectura transversal, se aporta una visión crítica sobre la diversidad de posturas en torno a la presencia china y sus implicaciones geopolíticas y económicas para la región.

Sino-optimismo: China como motor de desarrollo y de un nuevo orden global

El sino-optimismo sostiene que la creciente relación entre China y América Latina representa una oportunidad para el desarrollo económico, la diversificación de las relaciones exteriores y la inserción de la región en un mundo más multipolar. Desde esta perspectiva, China no solo ha impulsado el comercio y la inversión, sino que también ha permitido a los países latinoamericanos reducir su dependencia histórica de los mercados occidentales, particularmente de Estados Unidos (EE.UU.) y la Unión Europea (UE), como señala el progresivo peso del comercio con China que han tenido socios tradicionales de EE.UU. como Colombia, Chile o incluso México.

Un ejemplo emblemático del sino-optimismo es la inversión china en infraestructura en la región, especialmente en transporte y energía. Macroproyectos como el Tren Bioceánico Central, que busca conectar Brasil, Bolivia y Perú con puertos en el Atlántico y el Pacífico reflejan la escala del potencial de esta relación, con la inauguración del Puerto de Chancay como una de sus representaciones más recientes. Asíi también encontramos la modernización de medios de transporte que encontramos en países como México, Argentina o Panamá, por ejemplo, a través del Industrial and Commercial Bank of China (ICBC) que ya posee imponentes sedes en varias capitales de la región. 

Además, la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Nueva Ruta de la Seda o Belt & Road Initiative [BRI], por sus siglas en inglés) ha sido vista por algunos gobiernos como un mecanismo para atraer financiamiento y mejorar la conectividad regional, logrando atraer más de 20 países a la iniciativa, como Chile, Uruguay o Perú. Esta iniciativa, tanto en su formato inicial cuando diferentes iniciativas desembarcaron en la región, en torno al año 2017, fue evolucionando a cada vez más sectores, como la educación o la gobernanza digital, permitiendo extender diferentes canales de cooperación científica, desde el fortalecimiento de centros de investigación, como en Neuquén (Argentina), hasta la colaboración en centros públicos anunciados en los últimos años en El Salvador. A nivel comercial, ha permitido impulsar un creciente intercambio comercial que ha venido superándose año tras año desde el 2023.

Desde esta visión, la relación con China no solo proporciona recursos financieros, sino que también fomenta la construcción de redes más horizontales de cooperación sur-sur. En el ámbito político y multilateral, China y los países de la región comparten un interés común en la reforma del orden internacional para incluir mejor a los países en desarrollo, como se evidencia en la creciente participación de América Latina por la inclusión de países como Bolivia y Cuba como asociados en el BRICS y en foros como la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe) – China. Este optimismo también se extiende al ámbito científico y tecnológico, con programas de cooperación en educación superior, transferencia de conocimiento y desarrollo de nuevas tecnologías, como la adopción del 5G en Brasil y Chile con participación de Huawei.

Sino-pesimismo: Dependencia, reprimarización y trampa de la deuda

Por otro lado, el sino-pesimismo plantea que, a pesar del crecimiento en las relaciones económicas, la influencia china en América Latina puede reproducir nuevas formas de dependencia estructural. Desde esta postura, China se ha convertido en el principal destino de las exportaciones de materias primas de la región, pero sin generar un impacto significativo en la diversificación productiva ni en la industrialización local.

La inversión china, si bien ha sido cuantiosa, se ha dirigido mayoritariamente a sectores extractivos, como la minería en Perú y Chile o el agronegocio en Brasil y Argentina. Esto ha llevado a algunos analistas a argumentar que la región está cayendo en una nueva forma de dependencia, donde China, aunque con un discurso de cooperación y desarrollo, termina beneficiándose mucho más que los países iberoamericanos, centralizando el valor agregado del aprovechamiento de estos recursos fuera de la propia región donde los extrae. Un caso concreto es el impacto de la demanda china de soja en Argentina, Uruguay y Brasil, que ha incentivado la expansión de la frontera agrícola y ha generado conflictos socioambientales, sin necesariamente traducirse en un crecimiento industrial sostenible.

Otro punto crítico del sino-pesimismo es el endeudamiento con China. Si bien la región tiene un amplio historial en torno a la “trampa de la deuda”, representada tradicionalmente por organizaciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o actores como EE.UU., varios países de la región se han convertido en nuevos receptores de grandes sumas de dinero en materia de préstamos y financiación de origen chino, a cambio de recursos estratégicos como el petróleo. Así destaca el caso de Venezuela, que ya acumula más de 50.000 millones de dólares en compromisos financieros con China, seguido de casos como Brasil (más de 28.000 millones de dólares) o Ecuador (más de 18.000 millones de dólares). Esto puede interpretarse como una dinámica en la que China garantiza el control de recursos estratégicos, mientras los países receptores quedan atados a compromisos financieros de difícil reestructuración. 

Además, la infraestructura financiada por China muchas veces es construida por empresas y trabajadores chinos, lo que limita la generación de empleo local y el impacto en las economías nacionales; si bien esta tendencia ha ido cambiando en varios países, gran parte del empleo generado continúa centralizado en sectores extractivos y el volumen de actividad derivado ha generado descontento en la industria local o, con respecto a criterios ambientales, afectando también a las comunidades rurales e indígenas, como sucede en torno al triángulo del Litio donde se han producido manifestaciones encabezadas por activistas locales y miembros de comunidades indígenas, denunciando los impactos de los yacimientos en sus localidades (principalmente del sur boliviano y de la provincia de Jujuy en Argentina).

En términos políticos, algunos también advierten sobre la influencia de China en la región y su posible impacto en la autonomía de los gobiernos. A diferencia de la relación institucional tradicional con Estados Unidos o países europeos, donde se suele condicionar sus inversiones al respeto por derechos humanos y normas democráticas en línea con la narrativa liberal, China ha desarrollado relaciones con gobiernos de distintos signos ideológicos y regímenes políticos, sin caer en interferencias políticas explícitas. Irónicamente, este menor “intervencionismo” representado por la indiferencia de China con respecto al tipo de régimen político de sus socios, puede ser valorado como un factor negativo, pues regímenes autocráticos o con menor trasparencia y rendición de cuentas pueden encontrar en China un socio económico que no indaga en sus comportamientos políticos internos. No obstante, por el otro lado, algunos temen que la asimetría de poder entre China y la región marque las agendas internas con cada vez mayor peso, como se ha argumentado en torno al detrimento del apoyo a Taiwán frente a la China continental.

Sino-escepticismo: Entre interdependencia asimétrica y ventana de oportunidad

El sino-escepticismo emerge como una postura intermedia al reconocer que la relación con China ofrece tanto beneficios como limitaciones e inquietudes. Desde este enfoque, autores, instituciones y políticos convergen en reconocer que China es y probablemente seguirá siendo un actor clave para la economía y la cooperación de la región, pero advierte que esto supone retos o desafíos que deben abordarse. Aunque no se asume que se trata de una dependencia explícita, el sino-escepticismo advierte que la relación con China responde a una interdependencia asimétrica, donde los beneficios reales para los países latinoamericanos siguen estando limitados.

A diferencia del sino-pesimismo, el sino-escepticismo no minimiza el potencial de la relación con China, pero subraya la importancia de una negociación más estratégica por parte de los países iberoamericanos para maximizar sus intereses. Por ejemplo, si bien China ha invertido en infraestructura en la región, muchos de estos proyectos responden principalmente a intereses comerciales chinos, como la mejora del acceso a puertos para facilitar la exportación de materias primas. Como mencionamos antes, los nuevos o renovados puertos y carreteras en Perú o Argentina, son diseñados para facilitar la salida de recursos naturales hacia el mercado asiático, más que para promover el desarrollo local.

El sino-escepticismo también valora los avances en cooperación científica, cultural y política, destacando los intercambios académicos, la formación de élites y la consolidación de redes multinivel entre China e Iberoamérica. Sin embargo, señala también que progresos aún no han generado un impacto transformador en la región, ya que la cooperación sigue estando dominada por intereses económicos de pocos agentes.

Desde esta perspectiva, el reto para los países de la región no es simplemente rechazar o aceptar la influencia china, sino desarrollar una estrategia más activa y pragmática que permita aprovechar los beneficios de la relación, sin caer en la dependencia económica o política. En este sentido, se aboga por una mayor coordinación regional para establecer condiciones más equitativas en las negociaciones con China, fortaleciendo sectores estratégicos como la innovación tecnológica, la diversificación industrial y la sostenibilidad ambiental, un reto que responde a su vez a las propias limitaciones y desafíos en materia de integración y cooperación regional.

Conclusiones

El análisis de la relación entre China y América Latina a través de las perspectivas del sino-optimismo, sino-pesimismo y sino-escepticismo indica las múltiples interpretaciones que genera. Mientras que el sino-optimismo destaca los beneficios de la cooperación sur-sur y la construcción de un orden global más inclusivo, el sino-pesimismo advierte sobre las dinámicas de dependencia y los riesgos asociados a la relación con China. El sino-escepticismo, por su parte, ofrece una visión más matizada, reconociendo tanto las oportunidades como los desafíos de esta relación.

En última instancia, la interacción con China no es una cuestión de blanco o negro, sino un proceso dinámico en el que los países deben definir sus propias estrategias para maximizar los beneficios y minimizar los riesgos. La clave para el futuro de esta relación radica en una mayor articulación regional y una agenda de negociación más sólida, que permita a la región posicionarse mejor en su vínculo con la segunda economía global.

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